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Crónica periodística Crónicas periodísticas 2026

Chetumal, en un parpadeo

Por Ángel Fernando Del Ángel Baeza

Portada de «Chetumal, en un parpadeo»

Resumen

Esta crónica es un viaje nostálgico por el Chetumal de antaño, a través de imágenes cotidianas, como las tiendas de barrio, los cines, la antigua Lonchería Pancho Tec, las antenas parabólicas, Punta Estrella y las tardes compartidas con amigos y familia. El autor reconoce que Chetumal ha cambiado y que el paso del tiempo es inevitable.

La crónica

Fue en un cerrar de ojos. Así se fue el Chetumal de antaño, sin avisar, sin despedirse, como se van las cosas que uno cree eternas solo porque siempre estuvieron ahí. Nadie avisa cuándo empieza a irse una ciudad y se convierte en recuerdos.

Los recuerdos se me quedaron congelados en el tiempo, como esas fotografías que uno guarda en una caja de zapatos y encuentra años después, sorprendido de que el color no se haya borrado del todo. Fue apenas un lapso, un pestañeo, mi vida se volvió apresurada, empecé a correr detrás del reloj, y cuando quise voltear a mirar, mi Chetumal ya tenía otra cara.

Me cuesta trabajo explicarle a mi hijo que hubo un tiempo en que las tiendas de abarrotes conocían mi nombre antes que mi apellido, que el señor de la esquina fiaba con solo la palabra, que los cinemas olían a palomitas caseras y que los supermercados eran apenas una idea lejana, algo que pasaba en otras ciudades, no en la mía. Pero finalmente llegaron las cadenas nacionales con sus luces y sus pasillos y sin que nadie lo decidiera del todo, fueron desplazando aquel comercio de nombre propio, el que tenía dueño con rostro y no accionistas sin cara.

Y, sin embargo, si cierro los ojos, todavía puedo caminar por el Centro. Las tardes se hacían largas, como si el tiempo mismo quisiera que camináramos más despacio. Las calles estaban repletas de gente que se conocía, de tiendas con toldos de colores, de sonrisas que no costaban nada regalar. Yo caminaba sin prisa, porque no había prisa que valiera la pena tener.

Recuerdo la única tienda de antenas parabólicas de la ciudad, en la avenida Héroes, entre Othón P. Blanco y Álvaro Obregón. Ahí me quedaba parado, junto a otros que tampoco teníamos la fortuna de contar con una de esas antenas, mirando el futbol profesional desde el aparador, como si el vidrio no existiera entre nosotros y la cancha. Desconocidos que se volvían, por noventa minutos, cómplices de una misma ilusión.

Y cómo olvidar Lonchería Pancho Tec, aquel pequeño establecimiento, donde se comía al caer la tarde, mientras las golondrinas, esas nubes vivas que revoloteaban la zona, se posaban en las instalaciones de la CFE, justo donde hoy se levanta el Museo de la Cultura Maya. Todavía me pregunto, sin encontrar respuesta, dónde se fueron esas golondrinas.

Si esta memoria sigue activa, y vaya que lo está, nada se compara con la semana del comercio, cuando Chetumal se llenaba de gente venida de toda la República, atraída por precios que hoy suenan a leyenda y por una música que se colaba por cada esquina. Había ambiente de fiesta en cada rincón, y una alegría colectiva que no necesitaba fecha en el calendario para justificarse, bastaba con que fuera Chetumal, y bastaba con que fuéramos nosotros.

Punta Estrella, hoy convertido en punto de reunión obligado, fue para mí un balneario, la parada indispensable después de los desfiles. Domingos enteros de familias, de diversión y de risas, que hoy a la nueva generación le costaría trabajo imaginar.

Quiero correr otra vez con mis amigos de niñez, esos cómplices de travesuras que se han ido dispersando con los años. Platicar con ellos de las aventuras del día, sin mayor preocupación que la tarea y llegar antes que mi madre me llame con un grito por mis dos nombres y en la adolescencia de las serenatas de cumpleaños que duraban hasta que el sueño nos vencía. ¡Cuánto los extraño!

Sé que Chetumal cambió, que sigue aquí, fuerte ante el embate del tiempo, y que somos muchos quienes preferimos el de antaño, aunque aceptemos los cambios porque no queda de otra. Chetumal avanza, y hay que entender que esos tiempos no regresarán, que nos toca ajustarnos a la actualidad, poner nuestro granito de arena para lo que la ciudad hoy nos pide.

Pero no puedo dejar de pensar que, en unos cuarenta años, no muy lejanos, en un abrir y cerrar de ojos, alguien más estará sentado como yo ahora, añorando lo que hoy existe en nuestra ciudad, sin saber todavía que también esto, algún día, será solo memoria.