¿Todavía es así Chetumal?
Por Erika Guadalupe Puc Tuz
Resumen
Esta crónica es un recorrido por la memoria comercial de Chetumal y por la transformación que ha vivido la ciudad desde los años de mayor auge de la Zona Libre. Recuerda momentos que hicieron de la capital un importante destino comercial para personas de distintos estados del sureste.
La crónica
La pregunta me la hizo un conductor de Uber en Mérida. Bastó con decirle que veníamos de la capital de Quintana Roo para que comenzara a recordar los años en que, siendo joven, viajaba hasta aquí para comprar. Recordaba a Chetumal como la gran ciudad del comercio. Yo no conocí aquella Chetumal.
Nací en 1997, cuando aquella época ya comenzaba a convertirse en memoria. Pero crecí escuchándola. Mis papás, mi tía y otras personas cercanas me contaron de los años en que la Avenida de los Héroes era el corazón comercial de la capital.
¿Y si la recorremos juntos?
La caminata empieza a la altura del Hotel Los Cocos. No vengo buscando una tienda en particular. Don Bernaldo, mi papá, no recuerda exactamente dónde estaba El Gran Samurai, donde trabajó durante aquellos años.
Teresita, mi mamá, llegó desde Yucatán por aquellos años. En Novedades Angelin vendía perfumes y productos importados, pero hay algo que permanece especialmente vivo en su memoria: cajas de queso de bola, Tip Top, Del Gallo Azul y Patagras, aquella gran bola de queso amarillo que todavía recuerda con gusto.
Doña Irma, mi tía, llegó a la capital desde Yucatán en los años ochenta y trabajaba en Bodega de Ofertas. Recuerda la Avenida de los Héroes llena de gente, especialmente los martes y viernes. Llegaban compradores de distintos estados y en las tiendas había de todo: juguetes, ropa, artículos de cocina y mercancías de importación.
Mientras camino, intento imaginar esos mostradores, las bolsas saliendo de las tiendas y a los compradores llegando desde Campeche, Yucatán, Tabasco, Veracruz y otros estados. Papá recuerda una Chetumal donde la mercancía entraba y salía casi con la misma velocidad. Televisores, ropa, estéreos, reproductores de video, motocicletas. Había de todo. Cuenta que podían llegar cincuenta televisores a una tienda y venderse en cuestión de minutos. La Avenida de los Héroes no era solamente un lugar para comprar. También era un lugar para encontrarse. Los aniversarios de Chetumal se convertían en grandes celebraciones, con música en las calles, comida, promociones y vales para restaurantes.
Sigo caminando.
La ciudad cambió.
Yo nací en 1997. No conocí la Chetumal de mayor esplendor de la Zona Libre. Mi memoria pertenece a otra época. A comienzos de los años 2000, para mí, el centro todavía era el corazón comercial de la capital. Las plazas comerciales aún no tenían el protagonismo de hoy y las compras se hacían en estas calles: zapaterías, tiendas de ropa, comida y electrónica. Mis recuerdos son mucho más pequeños, como los helados Twist-Val.
Continúo por la Avenida de los Héroes hasta llegar al Palacio de las Pelucas. Desde aquí se abre el paso hacia la Explanada de la Bandera y, por un momento, la ciudad parece detenerse. Quizá es el lugar adecuado para pensar en todo lo que ha cambiado.
Chetumal ya no vive del comercio que alguna vez hizo viajar a familias enteras hasta esta frontera. Pero la ciudad sigue buscando nuevas formas de mantenerse viva: emprendimientos, gastronomía local, ferias y espacios que vuelven a reunir a sus habitantes.
Ahora también existe una nueva oportunidad para mirar hacia el pasado.
No se trata de regresar a la Chetumal de la Zona Libre.
Se trata de descubrir qué quedó cuando aquella época terminó.
Vuelvo entonces a aquella pregunta que me hizo un conductor en Mérida: “¿Todavía es así Chetumal?”
No.
Ya no es aquella ciudad a la que llegaban compradores de todo el sureste para llevarse televisores, ropa, perfumes, queso de bola o cualquier otra mercancía que encontraran en sus tiendas.
Pero mientras termino mi recorrido frente a la Explanada de la Bandera, pienso que quizá Chetumal nunca dejó de ser aquello que la gente recuerda: una ciudad que se siente como hogar.
Antes, la gente llegaba para llevarse algo de Chetumal en una bolsa.
Hoy, el reto es conseguir que llegue para llevarse algo mucho más difícil de empacar: una historia.