La de jamón con chile
Entre dos panes también puede guardarse la memoria de una ciudad
Por Ulises Arroyo Julio
Resumen
Una crónica que nos narra la historia de Tortas “El Amigo”, un negocio emblemático de Chetumal nacido tras el huracán Janet de 1955, que convirtió una sencilla torta de jamón en parte de la memoria e identidad de la ciudad.
La crónica
Son las diez de la mañana y nadie mira el menú. Los clientes cruzan la puerta de fierro y cristal con la confianza de quien regresa a casa.
"Me da una de jamón” es la frase que se repite una y otra vez. Con chile o sin chile, eso es lo único que cambia.
Del otro lado del mostrador, las manos se mueven con la destreza de quien lleva toda una vida haciéndolo. El cuchillo abre el pan. La mayonesa se extiende con un solo movimiento. El queso “Gallo”, el jamón, los chiles. Todo ocurre con una velocidad que solo da la costumbre.
En Chetumal hay lugares donde la gente no solo va a comer. Y en las tortas “El Amigo” se va a recordar. Quienes visitan este negocio de la calle Belisario Domínguez lo hacen enamorados de algo más. No es el sabor del jamón ni el de la mayonesa. Es un sabor que nació cuando Chetumal tuvo que volver a empezar. Todo comenzó con un huracán.
Cuando el Janet golpeó Chetumal el 27 de septiembre de 1955, no sólo arrancó techos de las casas de madera y derribó árboles. También dejó sin trabajo a Rosalío Bautista Sala, un hombre acostumbrado a ganarse la vida vendiendo leña y carbón.
La incertidumbre se sentó en la mesa de los Bautista. Fue entonces cuando Dora Reinhardt MacLiberty tomó la decisión que cambiaría para siempre la historia de su familia: “Yo preparo la comida... tú sales a venderla”, sentenció.
Rosalío lo dudó. Nunca había vendido alimentos, pero aceptó.
El 10 de diciembre de 1955, mientras Chetumal comenzaba a levantarse de la tragedia, un pequeño puesto apareció en la esquina de la avenida Othón P. Blanco con Héroes. Vendía tortas de “ensalada rusa”.
Con los años, Rosalío cambió los ingredientes. Primero llegó un jamón cocido que un comerciante chino traía desde Belice, envuelto en costales de yute. Después llegó el jamón de Mérida. Más tarde, el famoso Tulip en lata, inseparable de aquella época dorada del comercio fronterizo.
Los tiempos cambiaron y Rosalío volvió a transformar la receta.
La forma de atender, no.
Quizá por eso una de las historias que más recuerda la familia no tiene que ver con la comida. Una tarde, un niño que boleaba zapatos pasó varias veces frente al puesto. Miraba las tortas. No se atrevía a pedir una. Don Rosalío lo llamó. Sin preguntarle nada, le preparó una de jamón. El muchacho la comió despacio, como quien quiere que dure un poco más. La Explanada lo esperaba. Horas después regresó. Traía unas monedas. Quería pagar. Don Rosalío sonrió. No aceptó el dinero. El muchacho, sin decir una palabra, lo abrazó.
Pasaron los años. Un día aquel niño volvió convertido en policía, ya jubilado. Entró al negocio, pidió una torta y volvió a contar aquella historia. La familia entendió entonces que algunas deudas nunca se pagan con dinero. Los hijos crecieron viendo aquella escena repetirse una y otra vez. No sólo aprendieron una receta. Aprendieron una forma de tratar a la gente.
De los cuatro hijos de Rosalío y Dora, Aarón Bautista Reinhardt fue quien decidió continuar el legado familiar. Desde hace más de 20 años, junto a su esposa Mary Reyes Manzanilla, recibe a los clientes con el mismo "buenos días" que hizo famoso a “El Amigo”. La misma amabilidad para campeones mundiales de boxeo, gobernadores, artistas y deportistas.
Don Rosalío murió el 6 de enero de 2018, a los 104 años. Desde entonces hay una ausencia imposible de llenar. Pero no un vacío. Porque hay personas que se van dejando la mesa servida.
Hoy sus hijos y sus nietos mantienen viva la tradición. Los cinco hijos de Aarón y Mary también venden tortas en diversos puntos de Chetumal.
Hay ciudades que conservan su historia en los museos. Chetumal también la guarda detrás de un mostrador.
La receta sigue caminando por la ciudad, como si nunca hubiera abandonado aquella esquina donde todo comenzó.
Cada mañana, cuando alguien entra y pide "la de jamón", no sólo compra el desayuno. Sin darse cuenta, también saborea la historia de una ciudad que encontró entre dos panes una manera de no olvidar quién es.