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Crónica periodística Crónicas periodísticas 2026

Los murales secretos de Ichpaatun

Por Juan Bautista Aguilar Bastarrachea

Portada de «Los murales secretos de Ichpaatun»

Resumen

Esta crónica narra el encuentro con Ichpaatun, un sitio arqueológico cercano a Calderitas. El autor se adentra en la selva hasta descubrir antiguas pinturas rupestres ocultas, mientras conoce relatos sobre la importancia histórica de Ichpaatun y su relación con la época de Gonzalo Guerrero.

La crónica

Así fue como una aparente orden de información cualquiera cambió mi forma de entender el periodismo: para el año 2006, yo trabajaba como fotógrafo en la revista “Estos Días” en Chetumal. Don Jesús Hernández, que en paz descanse, era mi jefe de información, y la mañana de un lunes de febrero, tras la junta editorial, entró a la oficina de redacción, fue a su computadora y desde allí me llamó con un ademán; conforme yo me acercaba, él apoyaba su mano izquierda en el escritorio y la otra, en su cintura. Me dijo que en la reunión se acordó solicitarme un fotorreportaje cada semana. Lo hizo como dando buenas noticias, entonces me preguntó si tenía temas; le contesté que tendría que checar.

—¿Por qué no checas las ruinas de Ichpaatun en Calderitas, dicen que hay unas cuevas con pinturas? —sugirió sonriendo, buscando una pizca de emoción en mí. Pero en mí no había más que desconcierto; ignoraba totalmente el tema y desconocía la ubicación exacta del lugar.

Ese mismo día subí a mi motocicleta y me dirigí hacia Calderitas y de allí hacia Oxtankah. Metros antes, encontré un letrero que decía Ichpaatun. No obstante, anunciaba un restaurante; decidí entrar a preguntar. Allí me atendió muy amable Don Eulogio Uc, un hombre mayor, aunque de complexión fuerte, y su mirada me recordaba mucho a la de mi abuelo. En ese primer encuentro le expliqué que había recibido la orden de hacer un fotorreportaje en Ichpaatun, que se encontraba en terrenos de su propiedad; me contestó que, para eso, yo tendría que solicitar permiso al INAH, porque si bien las ruinas están en sus tierras, están bajo resguardo del INAH. Regresé a mi oficina y redacté un oficio, el cual me fue aprobado una semana después.

Finalmente llegó el día y, con cámara, mochila, sombrero de explorador y oficio en mano, me presenté con Don Eulogio. Le dije que me podía indicar la entrada y yo continuaría hasta encontrar el lugar.

—¡Nooo!, mijo, tú no puedes entrar solo, te puedes perder, ahorita nos vamos — fue detrás de una bodega y regresó con machete, botas y sombrero.

—¡Vamos! —Dijo al pasar frente a mí, y yo empecé a seguirlo.

Sus pasos eran desconcertantemente firmes, rápidos y seguros. Tan es así, que de inmediato se fue el temor y nerviosismo que sentía.

—Por aquí ya casi nadie pasa; este lugar fue más importante que Oxtankah, ¿sabías muchacho? —Me preguntó mientras iba cortando pequeñas ramas.

—La verdad no —le contesté un tanto agitado mientras caía el sudor sobre mi cámara—. De Ichpaatun no conozco, solo de Oxtankah, donde fue el primer mestizaje.

—Eso dicen, pero no fue así —afirmó—, cuando Gonzalo Guerrero andaba por aquí, Oxtankah ya era una ciudad abandonada, Ichpaatun dominaba en esa época y Gonzalo Guerrero vivió aquí —insistió.

La plática se puso tan interesante, que sin darme cuenta habíamos recorrido más de dos kilómetros, hasta llegar a nuestro destino. En el lugar había agujeros en la tierra, algunos rodeados de piedras. No eran profundos, quizá un metro de alto.

—Pasa con cuidado, para que tomes fotos —me animó Don Eulogio.

Con la luz del sensor de mi cámara logré ver, en las paredes de piedra, imágenes que nunca pensé ver con mis propios ojos: ¡eran realmente pinturas rupestres! Casi indefinibles, pero que se entendía que alguna vez representaron animales, trazos, manos. Quedé maravillado, tan es así, que por poco olvido tomar fotos, que era el motivo de mi expedición. Lamentablemente Don Eulogio falleció nueve años más tarde y hoy, 20 años después de aquel encuentro con el pasado, la experiencia vive aún fuerte en mí. ¿Cuántos tesoros guardan los destinos del sur de Quintana Roo? Después de tantos años, entendí también que esa orden de información fue una clase maestra de Don Jesús en mi formación periodística.